El Sónar culmina su renacer con el ruido y la furia de The Prodigy

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El Sónar ya no es lo que era. De esto no hay duda. ¡Y qué! La nueva versión del festival en un único emplazamiento, en contra del tradicional desdoblamiento de día en el centro de Barcelona y de noche en el recinto ferial de L’Hospitalet, se cerró con un ligero descenso de público, con 150.000 visitantes entregados a las mil ramificaciones de la música electrónica. Es cierto que englobando las actuaciones en un único espacio hace que los conciertos de día queden algo deslucidos, y homogeniza un poco la experiencia, pero también potencia mucho más la noche, con más escenarios, más opciones y la sensación que siempre hay un rincón o momento especial reservado para cada uno de los visitantes. En definitiva, parece que se han quitado un poco la pátina intelectual que arrastraba el festival de prescriptor de tendencias y se han rendido a su lado más hedonista de seguidor de las mismas.

The Prodigy y su arsenal de clásicos del break beat con actitud punk fueron los encargados de cerrar esta nueva primera edición, dentro de una rica historia que ya se remonta a 33 años. El grupo inglés devolvió a la madura audiencia que llenó el Sónar Club a aquellos años 90 que cada vez quedan más lejos. Furia, desenfreno y rabia electrónica, no existe mezcla más letal y los veteranos ingleses la realizaron a la perfección, aunque quizá con demasiado control dentro de un guion estricto que redujo la espontaneidad y visceralidad del show. Y eso es lo que quieres de The Prodigy, visceralidad.

Ya desde el principio demostraron que no se andaban con tonterías, con una sucesión de éxitos del disco ‘Music for the jiltred generation’, como ‘Voodoo People’ o ‘Poison’. que en 1994 convirtieron a The Prodigy en la nueva sensación de la música electrónica a la par con The Chemical Brothers. ‘Va a hacer mucho calor esta noche’, decía Maxim, su vocalista y no hacía falta que lo dijera, el calor era infernal en aquel momento en el hangar del Sónar Club. Proyecciones de esqueletos envueltos de fuego, mucha adrenalina y un espectacular juego de luces se unieron al sorprendente protagonismo de los instrumentos en directo como guitarras y batería, que dieron una mayor carnalidad y furia al montaje, saltándose por una vez el guion preestablecido